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martes, 8 de septiembre de 2020

El rezo del Santo Rosario

La importancia del rezo del Santo Rosario ha sido defendida desde hace siglos por muchos santos pontífices, y es que se puede decir que después de la misa es la devoción con mayor seguimiento por parte de los fieles. Devoción que en muchas familias y colegios se inculca desde temprana edad, para darle significado y sentido al Santo Rosario.


En el Santo Rosario rezamos y meditamos cada uno de los misterios y se lo presentamos a Nuestra Señora para que interceda por nosotros. Con el rezo del Santo Rosario se alcanza una paz que de otra manera no podríamos conseguir. Nos prestamos voluntarios para ayudar a que el Señor traiga la paz a nuestro mundo haciendo oración por los pecadores y alejando todo mal y nos prepara a estar prestos para recibir el Espíritu Santo y realizar obras siguiendo la voluntad del Padre y el amor de Jesús. Dice Nuestra Señora: "Cada vez que rezais el Rosario se abre el cielo y brotan gracias".


El rezo del Santo Rosario tiene grandes virtudes y beneficios. Es, por ejemplo, la mejor arma contra el maligno, ya que es un arma que nos trae la verdadera paz, nos llena de humildad ya que nos invita a seguir el ejemplo de María; también es conocido que el rezo del Santo Rosario nos concede indulgencias. Además, es una manera sencilla y hermosa de repetirle muchas veces a Nuestra Señora lo mucho que la queremos. El amor y la piedad no se cansan nunca de repetir con frecuencia las mismas palabras, porque siempre contienen algo nuevo.


En estos tiempos que vivimos, en los que se hace a veces difícil aceptar la voluntad de Dios, es cuanto más tenemos que rezar el Rosario, por los enfermos, por los fallecidos de la pandemia del COVID-19, por las personas que sufren, por los que se condenan día a día a veces, sin saberlo, por nosotros, por la Iglesia.


En Radio Seminario hemos recuperado el Santo Rosario con las meditaciones de cada misterio que escribió en su día San Josemaría Escrivá de Balaguer, todos los misterios y las meditaciones se encuentran en el podcast que se facilita a continuación; que está disponible en: Google Podcasts, Spotify, iTunes, Deezer e Ivoox. Una forma sencilla de rezar el Santo Rosario todos los días y llevarlo en nuestro móvil.




miércoles, 12 de junio de 2019

Virgen del Verano

A ti, María, nuestra Madre, la Virgen del verano,

dirigimos nuestras miradas y pensamientos:

haznos más humanos y nobles.

Somos conscientes de las dificultades:

la mediocridad y el abandono,

la pereza y los falsos ideales,

la riqueza que nos sueña dueños del mundo

y crea en nosotros contravalores

que nos hacen perder el sentido de las cosas.

¡Intercede por nosotros, tus hijos!

Dirige nuestros pasos al encuentro de Cristo;

haz de nuestras familias comunidades de fe;

dirige a nuestros niños para que crezcan en la verdad;

dirige a nuestros jóvenes para que sean fieles a Dios; 

haz de los padres educadores comprometidos;

haz a los ancianos fuertes en la tribulación...

¡A ti, Madre y Patrona, Virgen del verano,

elevamos hoy nuestra oración!

¡Tú no nos abandones, Virgen Gloriosa y Bendita!




sábado, 4 de mayo de 2019

La diferencia entre profesor y amigo

"Te estoy muy agradecido por el año que vivimos juntos. No aprendí muchas cosas; me di cuenta de lo que es un profesor y de lo que es un amigo."

"Un profesor, es el que te regala lo que sabe; un amigo es quien se te regala; el profesor es un añadido, el amigo es alguien que ha entrado en tu vida, que estará para siempre en ella. Y así es como yo te siento. Me dijiste la verdad aunque no me gustara. Me cantaste las cuarenta cuando me ponía rebelde y cabezón. En silencio, caminaba a su vera, escuchando y, un tanto emocionado por lo que Martín comentaba, algo de lo que yo nunca había sido consciente."

"Esta sustancial diferencia entre profesor y amigo jamás la olvidaré"

"Quiero prepararme para la vida. Seguiré deslizándome en patinete, como tú decías... pero quiero llevar conmigo otras formas de caminar. No te asustes, viejo profesor; no recuerdo nada de lo que me enseñaste; solo te recuerdo como amigo.

(Martín Gómez Molina)




jueves, 4 de abril de 2019

La muerte se ha muerto para siempre

Todos por un momento creyeron que la resurrección sería contagiosa y las piedras y los olivos tocaban su manto, secretamente, incapaces de contener su alegría. 


Un viento no quiso bautizarse perdió su aire en el atrio del templo; una rosa se equivocó de piso y nació verde; y hasta hubo un fariseo, que, al vestirse, se olvidó de calzar la hipocresía.


Decidme, decidme, los que sabéis, ¿de dónde se saca la alegría?



Bajo la piel del agua de la muerte del hombre escucho las campanas de una resucitada primavera que canta como una solemne catedral sumergida. Y mi canto es acción de gracias porque todos soñamos que la muerte se ha muerto para siempre.



(José Luís Martín Descalzo)

Radio Seminario

















lunes, 4 de marzo de 2019

No estás deprimido, estás distraído.

No estás deprimido, estás distraído, distraído de la vida que te puebla. Distraido de la vida que te rodea... Por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado...

¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte; hay mudanza... Haz solo lo que amas y serás feliz... Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz, para compartir la vida verdadera con los demás. Recuerda: "Amarás al prójimo como a ti mismo".

Reconcíliate, pues contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra De Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque si no eres feliz, estás amargando a todo el barrio.


No estás deprimido, estás distraído, acaso excesivamente despistado.

(Facundo Cabral)







domingo, 17 de febrero de 2019

Confesarnos, ¿por qué?


1. Confesarnos, ¿por qué?

La Confesión es un sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados, cuando dijo a sus apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes retengáis los pecados, les serán retenidos.” Jn, 20,23.

Porque la vida nueva que nos fue dada por Él en el bautismo puede debilitarse y perderse a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante este sacramento.

Por la absolución sacramental del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Dios concede al penitente el perdón y la paz, recupera la gracia por la que vive como hijo de Dios y puede llegar al cielo, la felicidad eterna.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1420-1421; 1426; 1446.


2.¿Qué es el pecado?
"Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón." Papa Francisco
El pecado es una falta contra el amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. San Agustín lo ha definido como el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9).

Los pecados se distinguen según su gravedad en mortal y venial. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: una acción que tiene como objeto una materia grave, cometida con pleno conocimiento (plena conciencia) y deliberado consentimiento.

La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.

Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento. El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1849-1864.

Contemplar el misterio

No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos —consecuencia de la naturaleza caída— un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas —las de cada día—, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo.
Amigos de Dios, 214

Ahora comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor: ¡qué sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el pecho las ansias de reparar!
Bien. Pero no olvides que el espíritu de penitencia está principalmente en cumplir, cueste lo que cueste, el deber de cada instante.
Via Crucis, IX Estación,9


3. ¿Qué se necesita para una buena Confesión?
Para hacer una buena Confesión es necesario: un diligente examen de conciencia de los pecados cometidos desde la última Confesión; la contrición o arrepentimiento; la confesión, o la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote y la satisfacción o penitencia impuesta por el confesor al penitente para reparar el daño causado por el pecado.

Para hacer el examen de conciencia ayuda repasar los pecados cometidos desde la última confesión a la luz de los diez mandamientos, del Sermón de la montaña y las enseñanzas apostólicas.

La contrición consiste en el dolor y la detestación del pecado cometido, porque es una ofensa a Dios y a los demás, e incluye el deseo de no volver a pecar.

Por la confesión o acusación el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia. Se deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.
Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica. Forja, 192
La confesión de todos los pecados cometidos manifiesta la verdadera contrición y el anhelo de la misericordia divina. Es como cuando enfermo deja ver su llaga al médico para que le cure.

La satisfacción o penitencia. Si los pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados del modo que indique el confesor.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1451; 1455; 1456; 1459


Contemplar el misterio
Padre: ¿cómo puede usted aguantar esta basura? —me dijiste—, luego de una confesión contrita.
—Callé, pensando que si tu humildad te lleva a sentirte eso —basura: ¡un montón de basura!—, aún podremos hacer de toda tu miseria algo grande.
Camino, 605

La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios.
—Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", ¡suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el "sapo" en la Confesión, ¡qué bien se está!
Forja, 193


4. ¿Porqué pedir perdón a un hombre y no directamente a Dios? 

Sólo Dios perdona los pecados (cfr. Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48).

Jesús, en virtud de su autoridad divina, confiere este poder a apóstoles (cfr. Jn 20,21-23) y a sus sucesores, los sacerdotes, para que lo ejerzan en su nombre. Cristo quiso que la Iglesia fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Y confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico. Por eso el sacerdote al confesar actúan "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él nos dice: "Dejaos reconciliar con Dios" (Cfr. 2 Co 5,20).
Catecismo de la Iglesia Católica, 1441-1442

Contemplar el misterio
Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca —así dices— de tu vida ante “un hombre”.
—¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante “ese hombre” ungido —otro Cristo, ¡el mismo Cristo!—, que te da la absolución, el perdón de Dios.
Surco, 45

Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.
Forja, 192
5. ¿Con qué frecuencia hay que confesarse?
Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón. Papa Francisco, Ángelus 17 de marzo 2014

Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año. Además quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no puede comulgar, sin acudir antes a la confesión sacramental. Además, la Iglesia recomienda vivamente la confesión habitual de los pecados veniales, porque ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Se trata de una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (cfr. LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10).

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola del hijo pródigo, cuyo centro es el padre misericordioso (cfr. Lc 15,11-24). La fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1428; 1439; 1457

Contemplar el misterio

Mientras peleamos —una pelea que durará hasta la muerte—, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda —que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual—, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque El, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor.
Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo. El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados: y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo, para que alcancemos la Victoria.

¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de El por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro. Además, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, te protege con su solicitud maternal, y te afianza en tus pisadas.
Amigos de Dios, 214

¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.
Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere? —Señor, ¿qué quieres que haga?
—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam! —¡te serviré sin condiciones!
Forja, 238

domingo, 10 de febrero de 2019

La Liturgia de las horas es la santificación de las horas del día

–La Eucaristía y las Horas. «La Liturgia de las Horas extiende (PO 5) a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias… que se nos ofrecen en el Misterio eucarístico, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana” (CD 30)» (OGLH 12). Jesucristo manifesta máximamente su amor al Padre precisamente en la ofrenda total de la Eucaristía, es decir, de la Cruz: «conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jn 14,31). Y una vez resucitado y ascendido a los cielos junto al Padre, «vive siempre para interceder por nosotros» (Heb 7,25).

La Iglesia se une, pues, a Cristo muy especialmente en la Eucaristía y en el rezo de las Horas, y así se entrega siempre con El en ofrenda de alabanza y expiación, para que el mundo conozca su amor al Padre, y que también ella con Cristo resucitado vive siempre para interceder ante el Padre por los hombres. De este modo, la oración común y permanente de la Iglesia extiende la Eucaristía a todas las horas del día, asociándola al sacerdocio de Jesucristo, cuya «función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que sin cesar alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo no sólo celebrando la Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando elOficio divino» (SC 83).

–«De la salida del sol hasta su ocaso alabado sea el nombre del Señor» (SaI 113,3). Todas las horas del día deben ser santificadas por la oración, «porque nuestros tiempos son malos» (Ef 5,16). La Iglesia tiene como misión levantar los tiempos hacia Dios, orientarlos a la glorificación del Padre, no sólo en una glorificación mediata realizada en el cumplimiento de acciones buenas –«todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El» (Col 3,17)–, sino también, y más aún, por la glorificación inmediata de Dios,plena, explícita, gratuita, realizada visible y socialmente en la dimensión vertical de la liturgia.
La oración litúrgica de la Iglesia es, pues, una oración «de horas», destinada a santificar para Dios el curso de nuestros días. Por eso el Vaticano II dispuso que «siendo el fin del Oficio la santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las horas» (SC 88). «Ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que en su recitación se observe el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (ib. 94).

La fidelidad a ese consejo debe cuidarse con empeño, sobre todo en el rezo de las Horas principales. «Laudes, como oración de la mañana, y Vísperas, como oración de la tarde, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, y se deben considerar y celebrar como las horas principales» (ib. 89). «Se recomienda incluso su recitación individual a los fieles que no tienen la posibilidad de participar en la celebración común» (OGLH 40).

–«Los Laudes matutinos están ordenados a santificar la mañana, como dice la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
«“Al comenzar el día [escribe San Basilio] oramos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para Dios, y no nos preocupemos de cosa alguna antes de habernos llenado de gozo con el pensamiento en Dios, según está escrito: “me acordé del Señor y me llené de gozo” (Sal 76,4), ni empleemos nuestro cuerpo en el trabajo antes de poner por obra lo que fue dicho: “por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa, y me quedo aguardando” (5,4-5).
«Esta Hora, que se tiene con la primera luz del día, trae además a la memoria la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (Jn 1,9) y “el sol de justicia” (Mal 4,2), “que nace de lo alto” (Lc 1,78)» (OGLH 38).

En Laudesal comienzo del día, cuando el sol va alzándose en el horizonte, levantamos con Cristo una gran alabanza al Padre celestial. Asumimos en nuestros corazones el don fundamental: la Creación, recién salida de la noche, esa gran Obra realizada en el Verbo al comienzo de todos los siglos y restaurada por El, y la ofrecemos por Él al Padre. Es la hora de la Resurrección de Cristo, cuando superada la noche del sepulcro y de la muerte, amanece como Luz del mundo sobre la creación renovada para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El himno, los salmos, en los que predomina la alabanza –lauda, laudate–, el cántico elegido del Antiguo Testamento, culminan en el cántico del Benedictus, en el que nos referimos al Salvador como a un sol «oriens ex alto», y pedimos finalmente en las preces que su salvación se extienda a toda la humanidad.

–«Las Vísperas se celebran a la tarde, cuando ya declina el día,
“en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto» (S. Basilio). También hacemos memoria de la Redención por medio de la oración que elevamos «como el incienso en presencia del Señor», y en la que “el alzar de las manos es oblación vespertina” (Sal 140,2). Lo cual “puede aplicarse también con mayor sentido sagrado a aquel verdadero sacrficio vespertino que el Divino Redentor instituyó precisamente en la tarde en que cenaba con los Apóstoles, inaugurando así los sagrados misterios, y que ofreció al Padre en la tarde del día supremo, que representa la cumbre de los siglos, alzando sus manos por la salvación del mundo” (Casiano).
«Y para orientarnos con la esperanza hacia la luz que no conoce ocaso, “oramos y suplicamos para que la luz retorne siempre a nosotros, y pedimos que venga Cristo a concedernos el don de la luz eterna” (San Cipriano). Precisamente en esta Hora concuerdan nuetras voces con las de las Iglesias orientales, al invocar “a la luz gozosa de la santa gloria del eterno Padre, Jesucristo bendito, llegados a la puesta del sol, viendo la luz encendida en la tarde, cantamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo» (OGLH 399).
La hora de Vísperas santifica el atardecer y predomina en ella la acción de gracias. Al extinguirse la luz del día, nuestros corazones aspiran a Cristo, luz del mundo, «aeterna lux credentium». Alabamos a Dios y le damos gracias por el día que nos ha concedido vivir, pues «en Él vivimos y nos movemos y somos» (Hch 17,28), bien conscientes de que «es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 3,13).
En esta Hora rememoramos también la historia de la Creación y de la Salvación, y contemplamos a un tiempo el desarrollo de la Misericordia divina en Israel, en Cristo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Los salmos Hallel (113-118) se incluyen en esta hora, cuando Cristo los rezó con sus discípulos en la Ultima Cena (Mt 14,26). También los salmos graduales (120-134), peregrinantes, están presentes en el atardecer del Oficio divino, alegrando nuestros corazones con el presentimiento de la Jerusalén celestial, cada día más próxima en la peregrinación de nuestra vida. El canto del Magnificat nos une diariamente a la Virgen María, que canta con nosotros agradecida la grandeza de Dios, pues Él miró la humildad de su sierva y la hizo bienaventurada ante todas las generaciones. Y como en Laudes, también termina la hora con las Preces en favor de todos los hombres, y la Oración colecta.

La restauración de la Liturgia de las Horas ha de realizarse en el pueblo cristiano a través del rezo de los Laudes y de las Vísperas. Son las horas principales del Oficio, y conviene que los sacerdotes las celebren con la mayor solicitud posible; que algunas comunidades religiosas las recen o canten en común –si hasta ahora no lo hacían–, y que en las parroquias se vaya recuperando para todos los fieles esta oración común de la mañana y de la tarde, según la voluntad del Vaticano II: «procuren los pastores de almas que las Horas principales, especialmente las vísperas, se celebren comunitariamente en la iglesia los domingos y fiestas más solemnes» (SC100). Pero incluso en las familias, templos domésticos de la Iglesia,es posible y deseable que el esposo y la esposa, asociando si es posible a los hijos, oren juntos por la mañana los Laudes y que vuelvan a orar unidos por la tarde en las Vísperas.
Como decía Pablo VI, «la Liturgia de las Horas incluye justamente el núcleo familiar entre los grupos a que se adapta mejor la celebración en común del Oficio divino. “Conviene que la familia, en cuanto sagrario doméstico de la Iglesia, no sólo eleve oraciones comunes a Dios, sino también recite oportunamente algunas partes de la Liturgia de las Horas, con el fin de unirse más estechamente a la Iglesia” (OGLH 27). No debe quedar nada sin intentar para que esta clara indicación halle en las familias critianas una creciente y gozosa aplicación» (1974, exht. apost. Marialis cultus 53).
El nuevo Oficio, menos cargado de salmos en cada hora, de estructura más simple, mejorado en sus himnos y lecturas, viene a hacerse más asequible para todo el pueblo de Dios. Su rezo en familia no es algo utópico, y lo es es menos todavía donde ya hay ahora costumbre de orar en familia el Rosario u otras devociones. Ciertamente no es posible hallar una oración más hermosa y más genuinamente cristiana, santificante y eclesial.

–El Oficio de lectura. Dispuso el Concilio Vaticano II que «la hora llamada de maitines, aunque en el coro conserve el carácter de alabanza nocturna, ha de componerse de manera que pueda rezarse a cualquier hora del día y tenga menos salmos y lecturas más largas» (SC 89). Este oficio de lecciones y salmos tiene un carácter propio. A diferencia de las otras Horas del Oficio divina no está ligado de suyo a una hora del día. Es una hora especialmente centrada en la lectura de la Palabra de Dios y de textos elegidos de la Tradición de la Iglesia. Y su estructura la hace propicia para la meditación. Los responsorios, con frecuencia muy bellos, son la respuesta comunitaria a la Palabra escuchada, pero también hay silencios sagrados en los que «la semilla germina y crece, sin que el hombre sepa cómo» (Mc 4,27). Esta hora es, pues, especialmente contemplativa, y en ella, sobre todo si se desarrollan más los tiempos de silencio, la oración privada se enmarca en la oración litúrgica y en ella encuentra su más precioso alimento espiritual.
«A semejanza de la Vigilia Pascual, hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia en el templo» (OGLH 70). Ése es el origen de los maitines, es decir, del Oficio de lectura. «Los Padres y autores espirituales con muchísima frecuencia exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se exprese y se aviva la espera del Señor que ha de volver. “En medio de la noche se oyó un clamor: que viene el Esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6)… Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (ib. 72).
Por las lecturas bíblicas, Dios dirige su Palabra al hombre y suscita en el hombre la respuesta, que es la oración. «A la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración de modo que se entable diálogo entre Dios y el hombre, pues “a El hablamos cuando oramos; a El oímos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio)» (Vat. II, Dei Verbum 25). En las lecciones de Sagrada Escritura la Liturgia entrelaza los textos más variados con ocasión de fiestas solemnes, o deja que la Palabra de Dios –tanto en el Leccionario del Misal romano como en este curso de lecturas propio de las Horas– fluya en una lectura continua y ordenada. Y todas las aplicaciones y acomodaciones de los textos bíblicos hechos por la Liturgia afirma continuamente la perfecta unidad que enlaza el Antiguo con el Nuevo Testamento. La historia de la salvación es un todo grandioso, en cuyo progreso se da una continuidad perfecta.
Una maravillosa antología de los Santos Padres y de otros grandes santos y doctores de la Iglesia complementa en el Oficio de lectura las enseñanzas de la Sagrada Escritura. Se prevé en esta Hora para ciertas ocasiones que una breve homilía perfeccione la interpretación y aplicación concreta de la Palabra escuchada. De este modo, diariamente, es ofrecida a sacerdotes, religiosos y a todo el pueblo cristiano una lectio divina en cierto modo insuperable.
Tres salmos, frecuentemente históricos y sapienciales, así como los responsorios que siguen a las lecturas, fomentan la respuesta de los orantes, poniendo en su corazón y en sus labios palabras divinamente inspiradas: los salmos, en primer lugar, pero también los responsorios, con frecuencia bellísimos, plenos de ritmo y de gracia. Así Dios habla a los hombres y les da luego otra vez su palabra para que puedan responderle y cantarle como conviene. En domingos y en celebraciones solemnes termina la Hora con el rezo o el cántico del Te Deum. 
De este modo se cumple en el Oficio de lectura el designio divino: «La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones (Col 3, 16). La Santa Madre Iglesia da cada día a sus hijos un alimento espiritual excelente y siempre nuevo, y el cristiano vive así «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

–Las Horas menores, Tercia, Sexta y Nona. «Conforme a una tradición muy antigua de la Iglesia, los cristianos acostumbraron a orar por devoción privada en determinados momentos del día, incluso en medio del trabajo, a imitación de la Iglesia apostólica. Esta tradición, al paso del tiempo,cristalizó en diversas maneras de celebraciones litúrgicas» (OGLH 74).
«Tanto en Oriente como en Occidente se ha mantenido la costumbre litúrgica de rezar Tercia, Sexto y Nona, principalmente porque se unía a estas horas el recuerdo de los acontecimientos de la Pasión del Señor y de la primera propagación del Evangelio» (ib. 76). «Fuera del Oficio coral, cabe elegir una de estas tres Horas, aquella que más se acomode al momento del día. Los que no rezan las tres Horas, habrán de rezar una al menos, a fin de que se mantenga la tradición de orar durante el día en medio del trabajo» (ib. 77).
Las Horas menores son, en el laborioso avanzar de cada día, como un alto en el camino: en ellas pedimos a Dios que por su gracia nos mantenga permanentemente orientados hacia El en nuestros trabajos, para que nuestras actividades no nos alejen de El, sino que nos acerquen, y le glorifiquen en medio del mundo por nuestro Señor Jesucristo.

–Completas, colocada inmediatamente antes del sueño, es la Hora última, muy marcada por el arrepentimiento (examen de conciencia, confesión, recogimiento silencioso) y la absoluta confianza en la protección del Altísimo (Sal 91, domingo). La oscuridad de la noche simboliza la muerte, el poder de las tinieblas y del diablo, que «ronda buscando a quién devorar» (1Pe 5,9; martes). Por eso nos acogemos al amparo del Altísimo y a la protección de sus ángeles (Sal 91).
Por otra parte, siendo el sueño símbolo de la muerte, viene a ser Completas como un ensayo diario de la propia muerte: cantamos el Nunc dimittis del anciano Simeón –«ya puedes dejar a tu siervo irse en paz»–; en el responsorio hacemos nuestras las palabras finales de Jesús en la Cruz: «a tus manos, Señor,  encomiendo mi espíritu»; y las últimas palabras de la Hora piden que «el Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».
La antífona final a la Virgen María –la Salve, el Sub tuum præsidium, el Regina coeli, etc., según los tiempos– da término al Oficio divino del día con la dulce presencia protectora de nuestra Madre María.
José María Iraburu, sacerdote
Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php 


jueves, 8 de febrero de 2018

Si estás triste lee esta oración

Tanto si estás deprimid@ o estás triste, o simplemente has ido encadenando mal momento tras mal momento, no debes de desfallecer. No debemos rendirnos, debemos tomar como ejemplo la siguiente oración de San Pío de Pietrelcina, que a continuación exponemos:

Quédate conmigo, Señor, porque es necesario que
estés presente para que no te olvide. Ya sabes lo fácil que te abandono.
Quédate conmigo, Señor, porque soy débil
y necesito tu fuerza para no caer tan a menudo.
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi vida,
y sin ti, no tengo fervor.
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz,
y sin ti, estoy en tinieblas.
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad.
Quédate conmigo, Señor, para que escuche tu voz
y te siga.
Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte
mucho y estar siempre en tu compañía.
Quédate conmigo, Señor, si deseas que te sea fiel.
Quédate conmigo, Señor, porque por pobre que sea mi alma,
quiero que sea un lugar de consuelo para Ti, un nido de amor.
Amén



 
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