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domingo, 24 de febrero de 2019

Preguntas Frecuentes sobre la Fe Católica

¿Por qué la Misa es los Domingos?
Jesús resucitó el primer día de la semana, al día siguiente del sabbat (sábado). Por eso los cristianos nos reunimos ese día con Jesús.Con el tiempo llegó a llamarse el día del Señor, en latín "dies dominicus". De ahí viene nuestra palabra domingo. 
¿Por qué es necesario que haya un sacerdote para la celebración de la Misa?
Porque él ha recibido la misión de hacer presente a Jesús en la reunión de los cristianos. Él preside la celebración de la Cena del Señor, en nombre de Jesucristo.
¿Por qué se hace una colecta?
Los cristianos colaboramos con los gastos del templo y ayudamos a los necesitados.
¿Por qué algunas personas no comulgan?
Antes de comulgar por primera vez, los niños y los adultos bautizados reciben una preparación que les ayuda a creer firmemente en la presencia real de Jesús en el pan y el vino consagrados. Si no han recibido esa preparación, no van a entender lo que están haciendo. (También cuando se está en pecado mortal no se puede comulgar).

¿Qué Significa?


ALELUYA: Esta palabra hebrea significa: "que viva Dios, hay que darle gracias y alabarlo". AMÉN: La palabra la hemos heredado, sin traducirla, del hebreo, y significa "firme, seguro, estable, válido".  Por eso se convirtió ya en el Antiguo Testamento en la aclamación con la que alguien, sobre todo la comunidad manifestaba su asentimiento y aceptación de lo que se ha dicho o propuesto. Con esta palabra se acaban las oraciones, bendiciones, promesas, alianzas.  Simbólicamente se llama al mismo Dios "Dios del Amén" (Is 65,16), y en el Nuevo Testamento se afirma de Cristo Jesús que es tanto el Amén de Dios a la humanidad como el de la humanidad a Dios: "en Cristo sólo ha habido si: todas las promesa hechas por Dios han tenido su sí en él, y por eso decimos por él amén a la gloria de Dios" (2 Co 1, 19-20).  Al mismo Cristo se le define como "el Amén":"Así habla el Amén, el testigo fiel y veraz" (Apoc 3, 14).Desde siempre se ha pronunciado el Amén en la liturgia cristiana, por ejemplo después de las oraciones.  Como decía san Agustín, "el amén de ustedes es su firma (suscriptio), su asentamiento (consensio) y su compromiso (adstipulatio)" (Sermón contra los pelagianos, 3). 
Hay dos momentos en que el Amén tiene particular sentido.  Ante todo como conclusión de la Plegaria eucarística.  La comunidad subraya diciendo, o mejor, cantando, el Amén a lo que el que preside ha proclamado en su nombre. También en la comunión, cuando el ministro dice "El Cuerpo de Cristo" o "La Sangre de Cristo", el que recibe la comunión contesta "Amén", reafirmando así su profesión de fe en este momento privilegiado.ANTIFONA, ANTIFONARIO: Viene de la palabra griega "antifoné", sonido o canto contrario; designaba al principio un estilo de salmodia en el que dos coros alternan en su rezo o canto, estilo llamado por tanto "antifónico".Luego se ha llamado antífona a otras realidades.  En la Eucaristía los cantos de entrada, ofertorio y comunión se llaman también en el Misal "antífonas".  Lo mismo sucede en Completas con el canto mariano final.Pero sobre todo se da este nombre a las breves frases que se dicen o cantan antes y después del Salmo, en el Oficio divino.  A veces estas frases están tomadas del mismo Salmo (destacando así una idea más oportuna para el tiempo o la fiesta), otras veces son pensamientos bíblicos o del mismo evangelio (que así dan color cristiano al rezo del Salmo), mientras que otras son frases que se aluden a la teología de la fiesta o a las características del santo que se celebra.En la oración de la comunidad cristiana estas antífonas han gozado siempre de aprecio, sobre todo cuando se cantan, y han mostrado una eficacia notable para hacer más viva la participación del pueblo en el rezo de los Salmos.  "Las antífonas ayudan a poner de manifiesto el género literario del Salmo, lo transforman en oración personal, iluminan mejor alguna frase digna de atención y que pudiera pasar inadvertida, proporcionan a un determinado Salmo cierta tonalidad peculiar según las diversas circunstancias; más aun, siempre que se excluyan acomodaciones chocantes, contribuyen en gran medida a poner de manifiesto la interpretación tipológica o festiva, y pueden hacer agradable y variada la recitación de Salmos" (IGLH 113).

ANTIGUO TESTAMENTO: Una de las novedades más significativas de la nueva liturgia postconciliar ha sido el lugar mucho más significativo que se le ha dado a la proclamación del Antiguo Testamento.En el ciclo ferial de la Eucaristía (de dos años) y en el Leccionario (sobre todo el bienal) del oficio de Lecturas, se incluyen largas selecciones del mismo en lectura (semi) continuada.  También las primeras lecturas de la Eucaristía dominical se toman del Antiguo Testamento, excepto en la Cincuentena Pascual.  En el caso de los domingos el Antiguo Testamento se "compone armónicamente con el evangelio" (OLM 67), mientras que en la lectura continuada de las ferias y en el oficio de Lecturas se seleccionan sus libros por si mismos, para seguir con ellos la dinámica de la historia de la Salvación. Así se ayuda a entender el misterio de la salvación en Cristo también en su perspectiva de Historia, que abarca en un único movimiento la preparación del laurel y el tiempo de la Iglesia, centrados ambos en el acontecimiento de Cristo.  "En la liturgia la Iglesia sigue fielmente el mismo sistema que usó Cristo en la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras, puesto que él exhorta a profundizar el conjunto de las Escrituras partiendo del hoy de su acontecimiento personal" (OLM 3; Cf Lc 4, 16-21; 24, 5-35.44-49).  Con la distribución de las lecturas pensada para los domingos (Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Evangelio) "se pone de relieve la unidad de ambos Testamentos y de la Historia de la Salvación, cuyo centro es Cristo contemplado en su Misterio Pascual" (OLM 66).El Antiguo Testamento nos ayuda a entender el Nuevo Testamento. Las categorías de la salvación en Cristo están tomadas de la herencia de Israel: Pascua, memorial, Mesías, profetas, el Siervo.Como decía san Agustín, en el Antiguo Testamento está latente ("latet") ya el Nuevo, y en el Nuevo se hace patente ("patet") el Antiguo (Cf DV 16 y OLM 5).  Esto vale para entender el misterio de Cristo y también para lección de nuestra vida cristiana.  La historia de Israel y la nuestra son continuación de una misma actuación salvadora de Dios, aunque con la esencial evolución de haberse cumplido en Cristo el tiempo de la plenitud.AÑO LITÚRGICO: Se llama "Año Litúrgico" o "Año Cristiano" a la especial organización del año como celebración progresiva del misterio de Cristo: "La Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo...En el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la navidad hasta la Ascención y Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor" (SC 102).El comienzo y el ritmo de este Año Litúrgico es distinto al año civil, o del escolar, o del comercial.  Comienza ahora en el primer domingo de Adviento, en la liturgia romana.  En el pasado ha habido épocas y familias litúrgicas que más bien lo iniciaban en primavera o en otoño.ATRIO: El atrio, del latín "atrium", indica el pórtico o espacio previo, a veces rodeado de columnas, de los edificios, sobre todo los palacios y las basílicas. Equivale al griego "narthex". En los textos del Antiguo Testamento resuena con frecuencia la alusión a los atrios del Templo de Jerusalén: "Entren en sus atrios trayéndole ofrendas, póstrense ante el Señor en el atrio sagrado" (Sal 95, 8-9).A veces el atrio equivale al templo mismo, en sentido simbólico: "Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa" (Sal 83, 11). Litúrgicamente puede tener un buen sentido pastoral el que haya un espacio intermedio entre la calle y la iglesia, una cierta separación pedagógica, que de algún modo "defienda" el espacio interior como espacio de silencio y oración, y a la vez sea lugar de reunión, saludo o despedida, antes y después de la celebraciónBENEDICTUS: El "Benedictus" es un cántico que Lucas pone en labios de Zacarías, padre de Juan Bautista, y que nosotros cantamos cada día en Laudes. El Benedictus, como el Magnificat, "expresa la alabanza y acción de gracias por la obra de la salvación" (IGLH 50).  Está lleno de citas, explícitas o implícitas, del Antiguo Testamento, anunciando que Dios cumple ahora, con el Mesías, lo prometido, "según lo había predicho por boca de sus santos profetas", "realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres". Ahora, con la plenitud de Cristo, "ha visitado y redimido a su pueblo", dándole "la salvación que nos libra de nuestros enemigos"


.BIBLIA: Es el libro sagrado de los cristianos. El Antiguo Testamento narra la Alianza que Dios hizo con el pueblo judío antes de Jesús. El Nuevo Testamento narra la Nueva Alianza que Dios hizo con todos los hombres por medio de su Hijo Jesucristo.BREVIARIO: Breviario (del latín "brevarium") quiere decir resumen, abreviación. Tertuliano llama al Padrenuestro "brevarium totius Evangelii", "resumen de todo el Evangelio" (Ora.  I). Se ha llamado así sobre todo al volumen o volúmenes en que a partir del siglo XII se fue concentrando todo el Oficio Divino.  Hubo ya desde el siglo X una tendencia a refundir en volúmenes únicos los libros litúrgicos que antes estaban separados, pero que así podían facilitar el rezo (lecturas, oraciones, salmos, antífonas e himnos, etc.).  El Breviario completo sólo aparece a principios del siglo XIII, para uso de la Curia romana bajo el pontificado de Inocencio III, y fue difundido en seguida sobre todo por los franciscanos, que así, con un volumen más manual, sin musicalización y con lecturas más breves, podían rezar mejor desde su característica de vida itinerante.  El Breviario se adaptaba más a lo que poco a poco iba a ser el modo más frecuente de rezo, el personal, abandonado así el rezo comunitario en coro.CATÓLICA: En griego, esta palabra significa "universal": la Iglesia está abierta a todos los habitantes del universo.


CAMPANAS: Es muy antiguo el uso de objetos metálicos para señalar con su sonido la fiesta o la convocatoria de la comunidad.  Desde el sencillo "gong" hasta la técnica evolucionada de los fundidores de campanas o los campanarios eléctricos actuales, las campanas y las campanillas se han utilizado expresivamente en la vida social y en el culto. Son instrumentos de metal, en forma de copa invertida, con un badajo libre. Cuando los cristianos pudieron construir iglesias, a partir del siglo IV, pronto se habla de torres y campanarios adosados a las iglesias, con campanas que se convertirán rápidamente en un elemento muy expresivo para señalar las fiestas y los ritmos de la celebración cristiana.  También dentro de la celebración se utilizaron las campanillas, a partir del siglo XIII, ahora bastante menos necesarias (IGMR 109 deja libre su uso) porque ya la celebración la seguimos más fácilmente, a no ser que se quieran hacer servir, no tanto para avisar de un momento -por ejemplo, la consagración- sino para darle simbólicamente realce festivo, como en el Gloria de la Vigilia Pascual.Los nombres latinos de "signum" o "tintinnabulum" se convierten más tarde, hacia el siglo VI, en el de "vasa campana", seguramente porque las primeras fundiciones derivan de la región italiana de Campania. Las campanas del campanario convocan a la comunidad cristiana, señalan las horas de la celebración (la Misa mayor), de oración (el Angelus o la oración comunitaria de un monasterio), diversos momentos de dolor (la agonía o la defunción) o de alegría (la entrada del nuevo obispo o párroco) y sobre todo con su repique gozoso anuncian las fiestas.  Y así se convierten en un "signo hecho sonido" de la identidad de la comunidad cristiana, evangelizador de la Buena Noticia de Cristo en medio de una sociedad que puede estar destruida.  Como también el mismo campanario, con su silueta estilizada, se convierte en símbolo de la dirección trascendente que debería tener nuestra vida.CANON: La palabra viene del griego "kanon", que indica regla, medida, norma.  Se aplica a muchas realidades; los canones de la convivencia o del arte, los canones del Código de Derecho, los libros "canónicos" (los que la iglesia admite como revelados), las horas "canónicas" del Oficio Divino, la "canonización" de los santos, etc.En liturgia se ha aplicado a la oración central de la Eucaristía. En latín se llamó "canon actionis", en el sentido de "norma con que se desarrolla la acción"  Sacramentario Gelasiano) o "canon Missae" (Sacramentario Gregoriano).  Pero ha tenido otros nombres: anáfora, prex, y ahora sobre todo "Plegaria Eucarística", que expresa mejor su contenido.
CÁNTICO: Se llama cánticos en la Liturgia de las Horas a los cantos de la Biblia, a modo de himnos, pero que no son salmos.  Se emplean en varias horas de la alabanza de las Horas. En Laudes, entre los salmos primero y tercero se intercala, en segundo lugar, un cántico del Antiguo Testamento (Daniel, Judit, Tobías, y sobre todo Isaías), uno para cada uno de los días durante cuatro semanas.  En Vísperas, después de los dos primeros salmos, se añade -y ha sido novedad en esta última reforma- un cántico del Nuevo Testamento (Efesios, Filipenses, y sobre todo Apocalipsis), una serie de siete que se repiten cada semana, más uno de la carta de Pedro para los domingos de Cuaresma.También son cánticos los tres cantos del evangelio que se incluyen cada día en la alabanza de las Horas.  El Benedictus, el Magnificat y el Nunc dimittis, los tres tomados del evangelio de Lucas, y que son tratados en su rezo con los mismos honores que la proclamación del evangelio en la Eucaristía.  También se utilizan los cánticos para las Vigilias prolongadas (Cf IGLH 73).CANTO: El canto (del latín "cantus, cantare") es uno de los elementos más importantes de la oración litúrgica.  Su motivación y su especificación se encuentra sobre todo en dos documentos: la instrucción "Musicam sacram", de 1967, y la introducción a la Liturgia de las Horas (1971: IGLH 267-84). El canto expresa y realiza nuestras actitudes interiores.  Tanto en la vida social como en la cúltico-religiosa, el canto no sólo expresa sino que en algún modo realiza los sentimientos interiores de alabanza, adoración, alegría, dolor, súplica.  "No ha de ser considerado el canto como un cierto ornato que se añade a la oración, como algo extrínseco, sino más bien como algo que dimana de lo profundo del espíritu del que ora y alaba a Dios" (IGLH 270).El canto hace comunidad, al expresar más validamente el carácter comunitario de la celebración, igual que sucede en la vida familiar y social como en la litúrgica.El canto hace fiesta, crea clima más solemne y digno en la oración: "nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que toda entera, exprese su fe y su piedad por el canto" (MS 16).El canto es una señal de euforia.  El canto tiene en la liturgia una función "ministerial": no es como en un concierto, que se canta por el canto en sí y su placer estético y artístico. Aquí el canto ayuda a que la comunidad entre más en sintonía con el misterio que celebra. A la vez que crea un clima de unión comunitaria y festiva, ayuda pedagógicamente a expresar nuestra participación en lo más profundo de la celebración.Así el canto se convierte de verdad en "sacramento", tanto de lo que nosotros sentimos y queremos decir a Dios, como de la gracia salvadora que nos viene de él.CENA DEL SEÑOR: Del latín "coena o caena" (del griego "koiné", común, comida en común). Es el nombre que, junto al de "fracción el Pan", le da por ejemplo san Pablo en 1 Cor 11,20 a lo que luego se llamó "Eucaristía" o "Misa" ("kyriakon deipnon", cena señorial, del Señor Jesús).  Es también el nombre que le da el Misal actual: "Misa o Cena del Señor" (IGMR 2 y 7).El Jueves Santo la Eucaristía con que se da inicio al Triduo Pascual es la "Misa in Coena Domini", porque es la que más entrañablemente recuerda la institución de este sacramento por Jesús en su última cena, adelantando así sacramentalmente su entrega de la Cruz.CEREMONIA: Del latín "caerimonia o caermonia".  Se llama así a un rito, tanto en el contexto social como en el religioso, que se realiza en honor de alguien o de algo, con un tono de solemnidad ritual, más bien público y reglamentado.En todas las liturgias se habla de ceremonias: desde las del Templo de Jerusalén y las religiones paganas hasta la celebración cristiana. 

La expresión se entiende popularmente más bien referida a la forma exterior de rito y a su exactitud formal.  Pero eso no debe prejuzgar la profundidad de su estilo, que abarca tanto la fenomenología externa como la realidad invisible que sucede.  Es lo que quiere transmitir el Ceremonial de Obispos: "Las sagradas celebraciones que preside el obispo manifiestan el misterio de la Iglesia, en el cual está presente Cristo; no son, por lo tanto una mera suntuosidad de ceremonias" (n. 12).Seguimos llamando "maestro de ceremonias" al que, en colaboración con el presidente y los otros ministros, prepara y dirige la celebración (Cf IGMR 69, y sobre todo CE 34-36).
CREDO: Es una palabra latina que significa "creo". Con este nombre se designa la fórmula que expresa nuestra fe de cristianos.
CORDERO DE DIOS: En los tiempos del Antiguo Testamento, los creyentes ofrecían corderos a Dios.  A Jesús se le llama Cordero de Dios porque Él ofrece su vida a Dios.
COMUNIÓN DE LOS ENFERMOS: Algunos miembros de la comunidad cristiana, nombrados para ello pueden llevar la Eucaristía a domicilio a los enfermos. El sacerdote les confía la Hostia Sagrada en una pequeña cajita llamada "portahostias" y les encarga decirle al enfermo que todos oran por él.CONCELEBRACIÓN: Se llama concelebración al hecho de que varios sacerdotes celebran juntos la misma Eucaristía, presididos por el celebrante principal, en contraste con lo que hasta el 1965 era uso corriente: las Misas individuales en los varios altares. Se puede llamar así a toda clase de celebración, por ejemplo de la Liturgia de las Horas, pero se suele reservar a la de la Eucaristía.  El Concilio (SC 57) decidió restaurar o ampliar el rito de la concelebración a muchos más casos de los que antes se habían conservado de los siglos anteriores.  De tal modo que ahora es ya un uso corriente cuando son varios los sacerdotes presentes.  La regulación de este rito está en su propio ritual, el "Ritus servandus in Concelebratione Missae", promulgado por primera vez en 1965 (Cf IGMR 153-208).No son fáciles de interpretar los testimonios antiguos de la concelebración tanto en la iglesia latina como en la oriental. La forma de realizarla no era la actual, porque ahora --tal vez como efecto de la espiritualidad marcadamente ministerial e individual de los sacerdotes en los últimos siglos-- se ha instaurado una celebración en la que no sólo el sacerdote principal sino también los otros dicen algunas partes de la Plegaria Eucarística. En los primeros siglos era el obispo o sacerdote principal el único que asumía el papel presidencial, subrayando así más su ministerio de signo visible y sacramental de Cristo. La decisión no se ha tomado después del Concilio, sino ya antes, con Pío XII en 1957,en una respuesta del Santo Oficio.Si se ha decidido restaurar la concelebración eucarística, no ha sido precisamente porque así se resuelve el inconveniente de la pluralidad de Misas, ni para dar solemnidad a una fiesta, sino por motivos teológico-espirituales.La concelebración expresa mejor la unidad del sacerdocio: "son muchos los sacerdotes que celebran Misa: sin embargo cada uno no es más que un ministro de Cristo, que, por medio suyo, ejerce su sacerdocio" (Euch. Myst.  47; Cír PO 7).  Pone también de relieve la unidad del sacrificio eucarístico: "puesto que todas las Misas reactualizan el único sacrificio de Cristo", "varios sacerdotes a la vez, con una sola voluntad ofrecen, realizan y al mismo participan en uno solo sacrificio por medio de un solo acto sacramental" (ibid).  Y finalmente este modo de celebración pone de relieve la unidad del Pueblo de Dios: "pues toda Misa, en cuanto celebración del sacramento con que continuamente vive y crece la Iglesia...  es acción de todo el pueblo santo de Dios, que actúa según un orden jerárquico" (ibid). La concelebración se aconseja de modo particular en ocasiones en que tiene más significación eclesial: la Misa crismal, las ordenaciones, los sínodos, la dedicación de las iglesias, y en general todas las celebraciones presididas por el obispo. CONFESIÓN: La palabra "confesión" viene del latín "confiteri", que a su vez proviene de "fateri" y "fari", hablar.  En griego responde sobre todo a "exomológesis".  Significa declarar, reconocer, admitir, confesar.Se puede referir a Dios (confesar la grandeza de Dios), a Cristo (dar testimonio, confesar a Cristo ante los hombres; Cf Rom 10, 10), a la fe verdadera (confesión de fe, el símbolo del Credo).  Preferentemente se usa en relación a los propios pecados: reconocer y acusar el pecado ante Dios (Salmo 32, 5; 51, 5).  A veces forma parte de la Eucaristía: el Misal llama "confesión general" al acto penitencial con que se inicia la Misa (IGMR 29).Pero sobre todo se llama confesión a la acusación de los pecados ante el ministro de la Iglesia en el sacramento de la Reconciliación penitencial.  Es uno de los "actos del penitente" en este sacramento, junto al dolor interior, el propósito y las obras de conversión. La confesión puede empezar, si se quiere, con el "yo confieso" (Ritual 18). Tal vez es el acto más característico en la sensibilidad del pueblo cristiano, de tal modo que durante siglos al sacramento se le ha llamado "confesión, ir a confesarte", tomando una parte por el todo.El "Ritual de la Penitencia" (1974) y más tarde la instrucción de los obispos españoles "Dejaos reconciliar con Dios" (1989) motivan bien, dentro del proceso penitencial, el aspecto de la confesión: una parte necesaria del camino normal de la reconciliación por parte del penitente, que, como signo de su conversión interior, reconoce su falta ante el ministro eclesial y escucha de él la absolución es nombre de Dios y de la Iglesia.  La confesión individual, complementada por la absolución, es el único modo ordinario mediante la cual los fieles que han pecado gravemente pueden reconciliarse con Dios y con la Iglesia, tanto cuando se acercan al sacramento en su forma individual como cuando lo celebran comunitariamente.Incluso en la tercera forma, cuando no pueden realizarse la confesión individual ni darse la absolución a cada uno personalmente, deben haber de momento, según el Ritual, una "confesión general", quedando para cuando se pueda realizar el proceso íntegro la confesión individual o auricular.  El Ritual (n, 35).  Describe esta confesión general: se trata de manifestar con algún signo externo la conversión interior y el deseo de recibir la absolución el "yo confieso", un canto, el Padre Nuestro, algún signo corporal como el inclinar la cabeza o arrodillarse.


CONFESIONARIO: "Confesonario" o "confesionario" es el lugar donde se celebra la parte individual del sacramento de la Reconciliación.  Toma el nombre del aspecto más característico del mismo, la confesión de los pecados por parte del penitente al ministro de la Iglesia.Durante siglos esta sede penitencial era sencillamente un asiento abierto, a veces situado en la sacristía o en una capilla discreta de la iglesia.  Fue a partir de Trento, parece ser que por primera vez con san Carlos Borromeo, a fines del siglo XVI, cuando, para dar más solemnidad al sacramento, se empezaron a idear los confesonarios tal como nosotros los hemos conocido, a modo de habitáculo o garita con abertura delante y con rejas a los lados.Ahora se les llama "sedes penitenciales", o sea, una sede presidencial y a la vez penitencial, para que pueda tener lugar con tono celebrativo el encuentro eclesial de este sacramento.  También se estudia la renovación y adaptación de sus formas como mueble.  El episcopado español, en su instrucción "Dejaos reconciliar con Dios" de 1989, indicaba que "ha de evitarse que las sedes para el sacramento de la penitencia o confesionarios estén ubicados en los lugares más oscuros y tenebrosos de las iglesias como en ocasiones sucede.  La misma estructura del mueble confesionario, tal y como es en la mayoría de los casos, presta un mal servicio a la penitencia, que es lugar de encuentro con Dios, tribunal de misericordia y fiesta de reconciliación" (n. 79).  Y en otro documento anterior de 1978, en donde el mismo episcopado daba orientaciones sobre este sacramento, pensando seguramente en el nuevo gesto sacramental de la imposición de manos, pedía que las sedes de los ministros tengan una forma que sea apta para el desarrollo del rito íntegro (n. 71).ESPÍRITU SANTO: Es la persona divina que Dios nos da para que vivamos como Jesús.
EVANGELIO: Esta palabra de origen griego significa: "buena noticia". La Buena Noticia es el mismo Jesús, que vive con nosotros. Se llaman "Evangelios" los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, que nos transmiten la Buena Noticia. 
EUCARISTÍA: Es una palabra que viene del griego y significa "agradecimiento, acción de gracias". Con este nombre se conoce también a la misa.
HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA: Significa que los discípulos deben repetir en memoria de Jesús lo que Él hizo y dijo en la Última Cena. 
HOSTIA: La palabra hostia significa "víctima ofrecida".  La hostia consagrada es Jesucristo que se ofreció para dar la vida a todas las personas
.IGLESIA: En griego, esta palabra significa "asamblea". "Iglesia" escrita con "I" mayúscula, significa la comunidad total de los cristianos en todo el mundo.
MISA: A la reunión eucarística:  actualmente se le conoce con el nombre de Misa, porque en latín, la frase con que se anunciaba que la celebración ya había terminado era: Ite, missa est.MISERICORDIA: Viene de dos palabras latinas que significan "miseria" y "corazón". Dios tiene misericordia por nosotros porque abre su corazón a todas nuestras miserias. También significa "Amor más allá de lo justo".
OMISIÓN: Dejar de haber hecho algo bueno que yo hubiese podido haber hecho
.PASIÓN: Los sufrimientos que padeció Jesús antes de morir en la Cruz.


PONCIO PILATO: Es el nombre del gobernador romano que mandó crucificar a Jesús.
RECONOCERSE PECADORES: Reconocer que nos hemos alejado de Dios, que es amor.
SACRAMENTO DE NUESTRA FE: Es el signo sagrado de nuestra fe.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Ofertas de empleo en Medina del Campo para el mes de febrero

Las siguientes ofertas de empleo para Medina del Campo han sido dadas de alta entre los días 15 y 20 del mes de febrero.

  • Peluquero/a con experiencia. Se precisa peluquero/a con experiencia que domine la realización de recogidos, técnicas de corte actual y técnicas de color. Debe poseer conocimientos de estética y maquillaje. + Info

  • Fisioterapeuta. Clínica Quiromedic de Medina del Campo precisa de fisioterapeuta a media jornada con incorporación inmediata. Remuneración y horario a convenir. Interesados enviar CV al siguiente emailaguerras@prevensal.com 

  • Monitor de ocio y tiempo libre.  Se precisan 3 monitores de ocio y tiempo libre. Los interesados deben enviar su CV al siguiente email: ideoturcyl@ideotur.com

  • Responsable / Dependiente/a tienda de moda. Tienda de moda en Medina del Campo precisa dos dependientes y un responsable de tienda. Las funciones de los dependientes de tienda son: tareas de cobro en caja, reposición de artículos en tienda. Para el puesto de responsable de tienda las funciones serán gestionar y organizar al personal de la tienda, atención directa con los proveedores; se requiere persona acostumbrada a las nuevas tecnologías, capacidad alta de trabajo, disponibilidad para trabajar de lunes a domingo en horario comercial.                         Se ofrecen grandes oportunidades de crecimiento profesional y de promoción interna. Contrato temporal inicialmente por ETT con posibilidades reales de pasar a plantilla.  + Info.





domingo, 17 de febrero de 2019

Confesarnos, ¿por qué?


1. Confesarnos, ¿por qué?

La Confesión es un sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados, cuando dijo a sus apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes retengáis los pecados, les serán retenidos.” Jn, 20,23.

Porque la vida nueva que nos fue dada por Él en el bautismo puede debilitarse y perderse a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante este sacramento.

Por la absolución sacramental del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Dios concede al penitente el perdón y la paz, recupera la gracia por la que vive como hijo de Dios y puede llegar al cielo, la felicidad eterna.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1420-1421; 1426; 1446.


2.¿Qué es el pecado?
"Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón." Papa Francisco
El pecado es una falta contra el amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. San Agustín lo ha definido como el “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr. Flp 2, 6-9).

Los pecados se distinguen según su gravedad en mortal y venial. El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: una acción que tiene como objeto una materia grave, cometida con pleno conocimiento (plena conciencia) y deliberado consentimiento.

La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.

Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento. El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal.

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1849-1864.

Contemplar el misterio

No hemos de extrañarnos. Arrastramos en nosotros mismos —consecuencia de la naturaleza caída— un principio de oposición, de resistencia a la gracia: son las heridas del pecado de origen, enconadas por nuestros pecados personales. Por tanto, hemos de emprender esas ascensiones, esas tareas divinas y humanas —las de cada día—, que siempre desembocan en el Amor de Dios, con humildad, con corazón contrito, fiados en la asistencia divina, y dedicando nuestros mejores esfuerzos como si todo dependiera de uno mismo.
Amigos de Dios, 214

Ahora comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor: ¡qué sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el pecho las ansias de reparar!
Bien. Pero no olvides que el espíritu de penitencia está principalmente en cumplir, cueste lo que cueste, el deber de cada instante.
Via Crucis, IX Estación,9


3. ¿Qué se necesita para una buena Confesión?
Para hacer una buena Confesión es necesario: un diligente examen de conciencia de los pecados cometidos desde la última Confesión; la contrición o arrepentimiento; la confesión, o la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote y la satisfacción o penitencia impuesta por el confesor al penitente para reparar el daño causado por el pecado.

Para hacer el examen de conciencia ayuda repasar los pecados cometidos desde la última confesión a la luz de los diez mandamientos, del Sermón de la montaña y las enseñanzas apostólicas.

La contrición consiste en el dolor y la detestación del pecado cometido, porque es una ofensa a Dios y a los demás, e incluye el deseo de no volver a pecar.

Por la confesión o acusación el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia. Se deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.
Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica. Forja, 192
La confesión de todos los pecados cometidos manifiesta la verdadera contrición y el anhelo de la misericordia divina. Es como cuando enfermo deja ver su llaga al médico para que le cure.

La satisfacción o penitencia. Si los pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados del modo que indique el confesor.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1451; 1455; 1456; 1459


Contemplar el misterio
Padre: ¿cómo puede usted aguantar esta basura? —me dijiste—, luego de una confesión contrita.
—Callé, pensando que si tu humildad te lleva a sentirte eso —basura: ¡un montón de basura!—, aún podremos hacer de toda tu miseria algo grande.
Camino, 605

La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios.
—Si dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", ¡suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el "sapo" en la Confesión, ¡qué bien se está!
Forja, 193


4. ¿Porqué pedir perdón a un hombre y no directamente a Dios? 

Sólo Dios perdona los pecados (cfr. Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48).

Jesús, en virtud de su autoridad divina, confiere este poder a apóstoles (cfr. Jn 20,21-23) y a sus sucesores, los sacerdotes, para que lo ejerzan en su nombre. Cristo quiso que la Iglesia fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Y confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico. Por eso el sacerdote al confesar actúan "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él nos dice: "Dejaos reconciliar con Dios" (Cfr. 2 Co 5,20).
Catecismo de la Iglesia Católica, 1441-1442

Contemplar el misterio
Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca —así dices— de tu vida ante “un hombre”.
—¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante “ese hombre” ungido —otro Cristo, ¡el mismo Cristo!—, que te da la absolución, el perdón de Dios.
Surco, 45

Si alguna vez caes, hijo, acude prontamente a la Confesión y a la dirección espiritual: ¡enseña la herida!, para que te curen a fondo, para que te quiten todas las posibilidades de infección, aunque te duela como en una operación quirúrgica.
Forja, 192
5. ¿Con qué frecuencia hay que confesarse?
Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón. Papa Francisco, Ángelus 17 de marzo 2014

Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año. Además quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no puede comulgar, sin acudir antes a la confesión sacramental. Además, la Iglesia recomienda vivamente la confesión habitual de los pecados veniales, porque ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Se trata de una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación (cfr. LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10).

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola del hijo pródigo, cuyo centro es el padre misericordioso (cfr. Lc 15,11-24). La fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1428; 1439; 1457

Contemplar el misterio

Mientras peleamos —una pelea que durará hasta la muerte—, no excluyas la posibilidad de que se alcen, violentos, los enemigos de fuera y de dentro. Y por si fuera poco ese lastre, en ocasiones se agolparán en tu mente los errores cometidos, quizá abundantes. Te lo digo en nombre de Dios: no desesperes. Cuando eso suceda —que no debe forzosamente suceder; ni será lo habitual—, convierte esa ocasión en un motivo de unirte más con el Señor; porque El, que te ha escogido como hijo, no te abandonará. Permite la prueba, para que ames más y descubras con más claridad su continua protección, su Amor.
Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo. El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados: y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo, para que alcancemos la Victoria.

¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de El por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas, incluso repetidamente en las veinticuatro horas del día; de ajustar tu corazón contrito en la Confesión, verdadero milagro del Amor de Dios. En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios, aun cuando todo te parezca oscuro. Además, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra, te protege con su solicitud maternal, y te afianza en tus pisadas.
Amigos de Dios, 214

¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer.
Luego, proseguiste con serenidad: “Domine, quid me vis facere? —Señor, ¿qué quieres que haga?
—Y tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: “serviam! —¡te serviré sin condiciones!
Forja, 238

domingo, 10 de febrero de 2019

La Liturgia de las horas es la santificación de las horas del día

–La Eucaristía y las Horas. «La Liturgia de las Horas extiende (PO 5) a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias… que se nos ofrecen en el Misterio eucarístico, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana” (CD 30)» (OGLH 12). Jesucristo manifesta máximamente su amor al Padre precisamente en la ofrenda total de la Eucaristía, es decir, de la Cruz: «conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jn 14,31). Y una vez resucitado y ascendido a los cielos junto al Padre, «vive siempre para interceder por nosotros» (Heb 7,25).

La Iglesia se une, pues, a Cristo muy especialmente en la Eucaristía y en el rezo de las Horas, y así se entrega siempre con El en ofrenda de alabanza y expiación, para que el mundo conozca su amor al Padre, y que también ella con Cristo resucitado vive siempre para interceder ante el Padre por los hombres. De este modo, la oración común y permanente de la Iglesia extiende la Eucaristía a todas las horas del día, asociándola al sacerdocio de Jesucristo, cuya «función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que sin cesar alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo no sólo celebrando la Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando elOficio divino» (SC 83).

–«De la salida del sol hasta su ocaso alabado sea el nombre del Señor» (SaI 113,3). Todas las horas del día deben ser santificadas por la oración, «porque nuestros tiempos son malos» (Ef 5,16). La Iglesia tiene como misión levantar los tiempos hacia Dios, orientarlos a la glorificación del Padre, no sólo en una glorificación mediata realizada en el cumplimiento de acciones buenas –«todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El» (Col 3,17)–, sino también, y más aún, por la glorificación inmediata de Dios,plena, explícita, gratuita, realizada visible y socialmente en la dimensión vertical de la liturgia.
La oración litúrgica de la Iglesia es, pues, una oración «de horas», destinada a santificar para Dios el curso de nuestros días. Por eso el Vaticano II dispuso que «siendo el fin del Oficio la santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las horas» (SC 88). «Ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que en su recitación se observe el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (ib. 94).

La fidelidad a ese consejo debe cuidarse con empeño, sobre todo en el rezo de las Horas principales. «Laudes, como oración de la mañana, y Vísperas, como oración de la tarde, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, y se deben considerar y celebrar como las horas principales» (ib. 89). «Se recomienda incluso su recitación individual a los fieles que no tienen la posibilidad de participar en la celebración común» (OGLH 40).

–«Los Laudes matutinos están ordenados a santificar la mañana, como dice la Ordenación general de la Liturgia de las Horas:
«“Al comenzar el día [escribe San Basilio] oramos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para Dios, y no nos preocupemos de cosa alguna antes de habernos llenado de gozo con el pensamiento en Dios, según está escrito: “me acordé del Señor y me llené de gozo” (Sal 76,4), ni empleemos nuestro cuerpo en el trabajo antes de poner por obra lo que fue dicho: “por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa, y me quedo aguardando” (5,4-5).
«Esta Hora, que se tiene con la primera luz del día, trae además a la memoria la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (Jn 1,9) y “el sol de justicia” (Mal 4,2), “que nace de lo alto” (Lc 1,78)» (OGLH 38).

En Laudesal comienzo del día, cuando el sol va alzándose en el horizonte, levantamos con Cristo una gran alabanza al Padre celestial. Asumimos en nuestros corazones el don fundamental: la Creación, recién salida de la noche, esa gran Obra realizada en el Verbo al comienzo de todos los siglos y restaurada por El, y la ofrecemos por Él al Padre. Es la hora de la Resurrección de Cristo, cuando superada la noche del sepulcro y de la muerte, amanece como Luz del mundo sobre la creación renovada para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El himno, los salmos, en los que predomina la alabanza –lauda, laudate–, el cántico elegido del Antiguo Testamento, culminan en el cántico del Benedictus, en el que nos referimos al Salvador como a un sol «oriens ex alto», y pedimos finalmente en las preces que su salvación se extienda a toda la humanidad.

–«Las Vísperas se celebran a la tarde, cuando ya declina el día,
“en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto» (S. Basilio). También hacemos memoria de la Redención por medio de la oración que elevamos «como el incienso en presencia del Señor», y en la que “el alzar de las manos es oblación vespertina” (Sal 140,2). Lo cual “puede aplicarse también con mayor sentido sagrado a aquel verdadero sacrficio vespertino que el Divino Redentor instituyó precisamente en la tarde en que cenaba con los Apóstoles, inaugurando así los sagrados misterios, y que ofreció al Padre en la tarde del día supremo, que representa la cumbre de los siglos, alzando sus manos por la salvación del mundo” (Casiano).
«Y para orientarnos con la esperanza hacia la luz que no conoce ocaso, “oramos y suplicamos para que la luz retorne siempre a nosotros, y pedimos que venga Cristo a concedernos el don de la luz eterna” (San Cipriano). Precisamente en esta Hora concuerdan nuetras voces con las de las Iglesias orientales, al invocar “a la luz gozosa de la santa gloria del eterno Padre, Jesucristo bendito, llegados a la puesta del sol, viendo la luz encendida en la tarde, cantamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo» (OGLH 399).
La hora de Vísperas santifica el atardecer y predomina en ella la acción de gracias. Al extinguirse la luz del día, nuestros corazones aspiran a Cristo, luz del mundo, «aeterna lux credentium». Alabamos a Dios y le damos gracias por el día que nos ha concedido vivir, pues «en Él vivimos y nos movemos y somos» (Hch 17,28), bien conscientes de que «es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 3,13).
En esta Hora rememoramos también la historia de la Creación y de la Salvación, y contemplamos a un tiempo el desarrollo de la Misericordia divina en Israel, en Cristo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Los salmos Hallel (113-118) se incluyen en esta hora, cuando Cristo los rezó con sus discípulos en la Ultima Cena (Mt 14,26). También los salmos graduales (120-134), peregrinantes, están presentes en el atardecer del Oficio divino, alegrando nuestros corazones con el presentimiento de la Jerusalén celestial, cada día más próxima en la peregrinación de nuestra vida. El canto del Magnificat nos une diariamente a la Virgen María, que canta con nosotros agradecida la grandeza de Dios, pues Él miró la humildad de su sierva y la hizo bienaventurada ante todas las generaciones. Y como en Laudes, también termina la hora con las Preces en favor de todos los hombres, y la Oración colecta.

La restauración de la Liturgia de las Horas ha de realizarse en el pueblo cristiano a través del rezo de los Laudes y de las Vísperas. Son las horas principales del Oficio, y conviene que los sacerdotes las celebren con la mayor solicitud posible; que algunas comunidades religiosas las recen o canten en común –si hasta ahora no lo hacían–, y que en las parroquias se vaya recuperando para todos los fieles esta oración común de la mañana y de la tarde, según la voluntad del Vaticano II: «procuren los pastores de almas que las Horas principales, especialmente las vísperas, se celebren comunitariamente en la iglesia los domingos y fiestas más solemnes» (SC100). Pero incluso en las familias, templos domésticos de la Iglesia,es posible y deseable que el esposo y la esposa, asociando si es posible a los hijos, oren juntos por la mañana los Laudes y que vuelvan a orar unidos por la tarde en las Vísperas.
Como decía Pablo VI, «la Liturgia de las Horas incluye justamente el núcleo familiar entre los grupos a que se adapta mejor la celebración en común del Oficio divino. “Conviene que la familia, en cuanto sagrario doméstico de la Iglesia, no sólo eleve oraciones comunes a Dios, sino también recite oportunamente algunas partes de la Liturgia de las Horas, con el fin de unirse más estechamente a la Iglesia” (OGLH 27). No debe quedar nada sin intentar para que esta clara indicación halle en las familias critianas una creciente y gozosa aplicación» (1974, exht. apost. Marialis cultus 53).
El nuevo Oficio, menos cargado de salmos en cada hora, de estructura más simple, mejorado en sus himnos y lecturas, viene a hacerse más asequible para todo el pueblo de Dios. Su rezo en familia no es algo utópico, y lo es es menos todavía donde ya hay ahora costumbre de orar en familia el Rosario u otras devociones. Ciertamente no es posible hallar una oración más hermosa y más genuinamente cristiana, santificante y eclesial.

–El Oficio de lectura. Dispuso el Concilio Vaticano II que «la hora llamada de maitines, aunque en el coro conserve el carácter de alabanza nocturna, ha de componerse de manera que pueda rezarse a cualquier hora del día y tenga menos salmos y lecturas más largas» (SC 89). Este oficio de lecciones y salmos tiene un carácter propio. A diferencia de las otras Horas del Oficio divina no está ligado de suyo a una hora del día. Es una hora especialmente centrada en la lectura de la Palabra de Dios y de textos elegidos de la Tradición de la Iglesia. Y su estructura la hace propicia para la meditación. Los responsorios, con frecuencia muy bellos, son la respuesta comunitaria a la Palabra escuchada, pero también hay silencios sagrados en los que «la semilla germina y crece, sin que el hombre sepa cómo» (Mc 4,27). Esta hora es, pues, especialmente contemplativa, y en ella, sobre todo si se desarrollan más los tiempos de silencio, la oración privada se enmarca en la oración litúrgica y en ella encuentra su más precioso alimento espiritual.
«A semejanza de la Vigilia Pascual, hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia en el templo» (OGLH 70). Ése es el origen de los maitines, es decir, del Oficio de lectura. «Los Padres y autores espirituales con muchísima frecuencia exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se exprese y se aviva la espera del Señor que ha de volver. “En medio de la noche se oyó un clamor: que viene el Esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6)… Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (ib. 72).
Por las lecturas bíblicas, Dios dirige su Palabra al hombre y suscita en el hombre la respuesta, que es la oración. «A la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración de modo que se entable diálogo entre Dios y el hombre, pues “a El hablamos cuando oramos; a El oímos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio)» (Vat. II, Dei Verbum 25). En las lecciones de Sagrada Escritura la Liturgia entrelaza los textos más variados con ocasión de fiestas solemnes, o deja que la Palabra de Dios –tanto en el Leccionario del Misal romano como en este curso de lecturas propio de las Horas– fluya en una lectura continua y ordenada. Y todas las aplicaciones y acomodaciones de los textos bíblicos hechos por la Liturgia afirma continuamente la perfecta unidad que enlaza el Antiguo con el Nuevo Testamento. La historia de la salvación es un todo grandioso, en cuyo progreso se da una continuidad perfecta.
Una maravillosa antología de los Santos Padres y de otros grandes santos y doctores de la Iglesia complementa en el Oficio de lectura las enseñanzas de la Sagrada Escritura. Se prevé en esta Hora para ciertas ocasiones que una breve homilía perfeccione la interpretación y aplicación concreta de la Palabra escuchada. De este modo, diariamente, es ofrecida a sacerdotes, religiosos y a todo el pueblo cristiano una lectio divina en cierto modo insuperable.
Tres salmos, frecuentemente históricos y sapienciales, así como los responsorios que siguen a las lecturas, fomentan la respuesta de los orantes, poniendo en su corazón y en sus labios palabras divinamente inspiradas: los salmos, en primer lugar, pero también los responsorios, con frecuencia bellísimos, plenos de ritmo y de gracia. Así Dios habla a los hombres y les da luego otra vez su palabra para que puedan responderle y cantarle como conviene. En domingos y en celebraciones solemnes termina la Hora con el rezo o el cántico del Te Deum. 
De este modo se cumple en el Oficio de lectura el designio divino: «La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones (Col 3, 16). La Santa Madre Iglesia da cada día a sus hijos un alimento espiritual excelente y siempre nuevo, y el cristiano vive así «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

–Las Horas menores, Tercia, Sexta y Nona. «Conforme a una tradición muy antigua de la Iglesia, los cristianos acostumbraron a orar por devoción privada en determinados momentos del día, incluso en medio del trabajo, a imitación de la Iglesia apostólica. Esta tradición, al paso del tiempo,cristalizó en diversas maneras de celebraciones litúrgicas» (OGLH 74).
«Tanto en Oriente como en Occidente se ha mantenido la costumbre litúrgica de rezar Tercia, Sexto y Nona, principalmente porque se unía a estas horas el recuerdo de los acontecimientos de la Pasión del Señor y de la primera propagación del Evangelio» (ib. 76). «Fuera del Oficio coral, cabe elegir una de estas tres Horas, aquella que más se acomode al momento del día. Los que no rezan las tres Horas, habrán de rezar una al menos, a fin de que se mantenga la tradición de orar durante el día en medio del trabajo» (ib. 77).
Las Horas menores son, en el laborioso avanzar de cada día, como un alto en el camino: en ellas pedimos a Dios que por su gracia nos mantenga permanentemente orientados hacia El en nuestros trabajos, para que nuestras actividades no nos alejen de El, sino que nos acerquen, y le glorifiquen en medio del mundo por nuestro Señor Jesucristo.

–Completas, colocada inmediatamente antes del sueño, es la Hora última, muy marcada por el arrepentimiento (examen de conciencia, confesión, recogimiento silencioso) y la absoluta confianza en la protección del Altísimo (Sal 91, domingo). La oscuridad de la noche simboliza la muerte, el poder de las tinieblas y del diablo, que «ronda buscando a quién devorar» (1Pe 5,9; martes). Por eso nos acogemos al amparo del Altísimo y a la protección de sus ángeles (Sal 91).
Por otra parte, siendo el sueño símbolo de la muerte, viene a ser Completas como un ensayo diario de la propia muerte: cantamos el Nunc dimittis del anciano Simeón –«ya puedes dejar a tu siervo irse en paz»–; en el responsorio hacemos nuestras las palabras finales de Jesús en la Cruz: «a tus manos, Señor,  encomiendo mi espíritu»; y las últimas palabras de la Hora piden que «el Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».
La antífona final a la Virgen María –la Salve, el Sub tuum præsidium, el Regina coeli, etc., según los tiempos– da término al Oficio divino del día con la dulce presencia protectora de nuestra Madre María.
José María Iraburu, sacerdote
Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php 


 
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